De la anatomía napoleónica

Si pidiese, de repente, que se citasen cinco personajes históricos de clara trascendencia mundial, seguro que a muchos de nosotros se nos vendría a la mente, entre otros, Napoleón Bonaparte.

Pero ¿qué sabemos de este señor que comenzó como nacionalista corso y acabó representando el dominio francés en Europa? Pues no demasiado, pero sí lo suficiente como para saber que conquistó media Europa, que guerreó con la otra media, que se coronó emperador, que solía llevar una mano tocándose la tripa, que fue vencido definitivamente en la batalla de Waterloo y que murió en la isla de Santa Elena. Hasta aquí nos movemos en un terreno que controlamos más o menos todos, pero, como ya he dicho, Napoleón levantó y levanta tales pasiones que a muchos nos pueden resultar difíciles de comprender.

Voy a retomar la historia justo donde se queda el conocimiento general, es decir, en su muerte en la isla de Santa Elena.

Las causas de la muerte del emperador han sido muy debatidas. La hipótesis de que fue envenenado con arsénico por los ingleses dio motivo a que se examinaran algunos cabellos suyos, sin resultados concluyentes. Se lleva muchos decenios escarbando en las más íntimas facetas de Napoleón: sus hemorroides han sido estudiadas con mucha atención y se ha calibrado qué grado de responsabilidad tuvieron en la derrota de Waterloo. También se conoce otra característica anatómica de Napoleón: la llamativa redondez de sus tetillas (conocida como ginecomastia). Esto parecía ser tomado a broma por el propio emperador que en más de una ocasión dijo: “Cualquier beldad estaría orgullosa de mis tetas”.

Pero es otra parte de la anatomía de Napoleón la que nos reclama, y esta es el pene . Ya era comentado en vida del emperador el rumor del tamaño poco destacado del atributo erótico. Y digo que debía ser algo ya conocido el la época porque en la autopsia que se le realizó tras su muerte alguno de los presentes no pudo evitar el desacato de rebanar el órgano.

El pene cortado al cadáver fue depositado en una cajita de terciopelo (se supone que tras hacerle algo para asegurar su conservación) y esta paso a manos del capellán personal de Napoleón, quien lo lego a sus herederos. Estos, a su vez, lo vendieron a unos libreros londinenses y así fue pasando de mano en mano hasta que se le perdió el rastro.

Todo siguió así hasta que en 1972 la conocida casa de subastas Christie´s lo subastó y encontró comprador en un urólogo estadounidense llamado John K. Lattimer. Este, aparte de médico, era un aficionado ardoroso a los asuntos napoleónicos y posiblemente no pudo resistir la tentación de unir ambas pasiones de una manera tan evidente. Por cierto, el precio pagado fue de 4000 $ de la época.

Se dice que desde entonces, el pene descansa tranquilo en su recipiente, completando una colección urológica personal expuesta en una clínica.

Evidentemente, nadie puede asegurar que el comentado pene enfrascado sea el original y genuino miembro imperial. Para eso habría que hacer una comparación del ADN usando los restos napoleónicos que están depositados en el monumento de Los Inválidos de París, y parece que, de momento, ni las autoridades francesas ni el afortunado poseedor de semejante joya antropológica estén dispuestos a someterlas al análisis.

Por cierto, para los curiosos ávidos de detalles intrascendentes. Las escasas fuentes que han podido ver el pene enfrascado han corroborado las habladurías decimonónicas sobre la escasa proporción del miembro viril del primer emperador Bonaparte.

Desde luego, no puede negarse el hecho de que hay gente para todo, gracias a ellos muchas veces la historia se hace divertida.

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