De naranjas guerreras


Desconozco el motivo, pero algunas guerras reciben nombres grandilocuentes y rimbombantes que parecen pretender darles un toque épico para que la población que las sufre o la que oiga hablar de ellas en el futuro piense que fueron causas justas o, por lo menos, honrosas. Así sucede con guerras como “La de los Cien Años” (que ni mucho menos duró tanto tiempo), las diversas guerras de independencia o ejemplos más actuales del tipo “Tormenta del desierto”.


Pero no todas las guerras han recibido una nomenclatura tan altiva. En realidad algunas se nombran de tal manera que dan lugar a chanza o a la simple creencia de que tal denominación es producto de una broma.

Hagamos una prueba. ¿Cuál fue la última guerra entre España y Portugal? Seguramente a muchos se nos vendrá a la mente la guerra de la independencia portuguesa, durante la época del valido conde-duque de Olivares, pero ¡no! La respuesta correcta es: La guerra de las naranjas.

Curioso nombre para denominar a una guerra. La verdad es que más parece referirse a una mera pelea entre vecinos de corral que a una disputa entre dos naciones. ¿En qué época ocurrió esto? Lo mejor es empezar por el principio.

Debemos remontarnos a la época del esplendor napoleónico, cuando el único rival que nuestro venerado general corso encontraba en Europa era Inglaterra. Esta, además de una gran flota, disfrutaba de una posición envidiable en la península ibérica, al dominar Gibraltar y tener como aliada a Portugal, que le cedía el uso de sus puertos, circunstancia a la que deseaba poner fin Napoleón.

Por ello hizo uso del Tratado de San Ildefonso, que obligaba a España y a Francia a auxiliarse mutuamente, para que la primera declarase la guerra a Portugal argumentando el peligro que representaban los ingleses cobijados en ella.

Carlos IV intentó demorar todo lo que pudo dicha declaración hasta que esta se hizo inevitable. El 28 de febrero de 1801 España declaraba la guerra a Portugal.

Los que ocurrió a partir de entonces fue muy interesante ya que Godoy (el favorito-valido de Carlos IV) intentó dejar al margen a los franceses todo lo que pudo ya que estos querían que un general suyo fuese el que comandase las tropas hispano-francesas.

La invasión de Portugal se planeó pensando en cuatro frentes. Uno desde Galicia, otro desde Extremadura (aquí estaba concentrado el grueso del ejército), otro desde Huelva y un cuarto desde la margen derecha del río Tajo. Este último frente era el asignado a las tropas francesas, pero eran tales las ganas de Godoy por dejar excluidos a los galos que cuando las hostilidades comenzaron (el 19 de mayo de 1801) los franceses iban a cruzar el río Bidasoa, allá por el País Vasco.

Portugal nada pudo hacer con todo lo que se le vino encima. Aparte de la débil organización militar que tenía, la aportación inglesa fue mínima con lo que la victoria española fue rápida.

Los españoles penetraron el 20 de mayo y, arrasadas las defensas, se rindió la plaza fuerte de Olivenza y llegaron hasta los jardines de la fortaleza de Yelves.

Godoy, que era proclive a la cursilería, envió un primer parte al rey: Las tropas que atacaron en el momento de oír mi voz, luego que llegué a la vanguardia, me han regalado de los jardines de Yelves dos ramas de naranjos, que yo presento a la reina”. Y le envió las ramas a la reina…

El pueblo español, con cruel sagacidad, bautizó aquella acción como La guerra de las naranjas. Ya quedó desvelado el origen de tan acertado nombre.

La campaña fue fácil. Un postrero ataque de Godoy el día 29 de mayo produjo la desbandada portuguesa. Cuando salían de Sevilla varias baterías de artillería para acabar con los pocos focos de resistencia que quedaban, los portugueses pidieron la paz.

España (Godoy más bien) aceptó la oferta de paz portuguesa. Esto no le sentó nada bien a Napoleón que pretendía la ocupación completa del país luso, por lo que envió un correo para impedir la firma del tratado. Este correo sufrió un accidente que lo ralentizó, llegando a Badajoz (donde se firmaba el tratado) el 7 de junio. Nuevamente Godoy hizo lo que pudo por incordiar a Napoleón ya que aunque el tratado se firmó al día siguiente, 8 de junio, la fecha que se puso fue la del día 6, con lo que se consideró que las instrucciones del emperador habían llegado tarde.

De esta guerra relámpago a la que fue llevada a la fuerza, España sacaría la ocupación de Olivenza y sus alrededores (justo hasta la orilla del río Guadiana), hoy incorporados a la provincia de Badajoz, devolviendo a los portugueses el resto de las plazas tomadas. Francia se quedó con la mitad del territorio de la Guayana, lindante con Brasil.

Esta historia, que es absolutamente desconocida para la inmensa mayoría de los españoles, es una especie de Gibraltar que los portugueses tienen clavado.

Desde luego no pretendo que este artículo sea leído como algo patriotero, nada más lejos de mi ánimo. Simplemente lo escribo para recordar una guerra completamente olvidada, por lo menos en esta parte de la península, a la que se le dio un nombre tan absurdo como teatrero.


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